El fuerte llamado de nuestro Obispo Roberto López a recuperar la dimensión profética en la predicación está instalando un interesante foco de reflexión al interior del pastorado, especialmente en lo referido a denunciar el pecado y a las responsabilidades de la iglesia frente a la sociedad civil.
Desde la memorable gira nacional que realizó nuestro Obispo en 2009 para impartir el Estudio Bíblico Pastoral a todos los siervos de Dios del país, que la idea de fortalecer la espiritualidad y la promoción de la santidad se ha instalado en nuestros púlpitos con gran energía. En este sentido, resulta fundamental entender que un avivamiento se inicia con arrepentimiento, conversión y una búsqueda sincera de la presencia de Dios. Sin embargo, para mantener el fuego espiritual encendido se hace imprescindible cautelar que la salud espiritual de la grey sea cada vez más sólida.
Frente a esto, el Nuevo Testamento plantea una actitud de rechazo radical al pecado. Desde su etimología bíblica, la palabra pecado encierra la idea de “fracaso”. El que peca ha errado el blanco. En tal sentido, la vida de pecado es la conducta habitual de un impío, un inconverso, un perdido, pero nunca la de un creyente nacido de nuevo. Los salvados han recibido la gracia de Dios para derrotar el pecado y vivir en santidad. Por lo tanto los cristianos no se identifican por su ropa, sus cánticos o su cultura, sino por su testimonio de vidas consagradas al Señor y de amor al prójimo.
¿Significa esto que los cristianos no pecamos? De ninguna manera. Sin embargo, hay una gran diferencia entre “caer en pecado” y “vivir en pecado”. Es un hecho que la posibilidad de caer en falta está siempre presente, como lo indican los siguientes pasajes bíblicos: Gálatas 6:1: “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta…”; y en 1ª Juan 2:1: “Hijitos míos… si alguno hubiere pecado…”. Todo creyente está expuesto al pecado, y es inevitable que peque (1ª Jn.1:8,10). A esto nos referimos con “caer en pecado”.
Sin embargo, algo muy distinto y condenable es “vivir en pecado”. Es decir, hacer de la conducta pecaminosa una práctica continua. El mismo Apóstol Juan, que con ternura les dice a sus lectores “Hijitos míos… si alguno hubiere pecado…”, en la misma carta señala “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio” (1° Juan 3:8) Y el versículo 9 declara: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” Lo que hace la diferencia es la expresión “practicar” que se diferencia de “caer”. Practicar el pecado requiere una decisión de hacerlo. En cambio caer en pecado es algo inusual, casi involuntario. Un creyente que practica el pecado en forma continua, sin arrepentimiento, haciendo oídos sordos a la palabra de Dios y no se deja ministrar por la disciplina eclesiástica para alcanzar su restauración, se auto margina de la comunión de los creyentes y no debe considerársele un miembro de la Iglesia (1° Corintios 5:1-13)
Esto no significa falta de misericordia, ausencia de perdón o imposibilidad de restauración. Estas prácticas son permanentes y consubstanciales a la acción pastoral de la iglesia, pero se anulan cuando la impenitencia del trasgresor y su persistencia en pecar obstaculizan el amor de la comunidad de redimidos.
Por ello, nuestros sermones deben reinstalar el valor de la santidad en el testimonio personal de los hijos de Dios. Una santidad práctica que se expresa en una vida consecuente. Es decir, vivir lo que predicamos.
Al concluir esta sencilla reflexión no podemos dejar de comentar el interesante proyecto de ley que se está impulsando en el Congreso Nacional que procura obligar a las entidades religiosas a que denuncien primeramente a la justicia los posibles delitos de los cuales tengan conocimiento.
Las denuncias de delitos de pedofilia que se han producido al interior de la Iglesia Católica en el último tiempo motivó a un grupo de parlamentarios a presentar un proyecto de Ley porque hasta hoy las diferentes congregaciones hacen previamente sus propias investigaciones.
Según explicó el senador Alejandro Navarro, la idea es hacer obligatoria la denuncia de delitos a los ministros de cualquier culto, sean pastores, sacerdotes o cualquier denominación.
Los legisladores recalcaron que en materia de abusos contra menores no debe haber dobles discursos, ya que en múltiples ocasiones no son dados a conocer a la justicia por ser acallados o investigados al interior de una congregación, dejando como resultado el cambio de lugar del acusado.
Como hijos de Dios debemos evidenciar una actitud de profundo rechazo hacia el pecado. Y como ciudadanos debemos colaborar decididamente con la autoridad civil para erradicar estos delitos que dañan a los más vulnerables, recordando lo dicho por Cristo: “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar” (Marcos 9:42)


