En los últimos días, los cristianos metodistas pentecostales hemos tenido que tolerar un sinnúmero de situaciones muy desagradables. Un virtual “fuego cruzado” con declaraciones de grueso calibre y duras acusaciones en forma y fondo. Una lluvia de desagradables comentarios en las redes sociales y las evidentes preguntas y burlas de quienes nos rodean, pero ignoran nuestra fe y “cultura evangélica”.

Para algunos esto es producto de oscuras ambiciones de poder. Para otros, la raíz del asunto está en una verdadera idolatría hacia el liderazgo, acuñada en el seno de comunidades ignorantes de la Biblia (única regla de fe y conducta para los cristianos) y que se manifiesta con actitudes agresivas y violentas. Pero al margen de las dimensiones puramente sociológicas que se explican a partir del fondo cultural de los protagonistas, o pasando por alto las cuestiones institucionales, que resolverían el asunto rápidamente con una adecuada lectura de los Estatutos y Reglamentos o con un mínimo conocimiento de la legalidad vigente y el correspondiente respeto a tales normativas, consideramos que bajo todo este entramado subsiste un mal aún mayor.

La frescura y vitalidad del Movimiento Pentecostal de comienzos del siglo veinte parece ser en nuestros días sólo historia. Hombres y mujeres movidos por el fuego de Dios en sus corazones. Despertamientos espirituales caracterizados por la santidad, la devoción y el evangelismo. Comunidades humildes, obedientes y militantes lideradas por hombres falibles pero visionarios. Esas descripciones nos hacen pensar en ciertas características de aquella nueva fe que le hicieron vencer miles de obstáculos y hacerla sobrevivir más de cien años.

Entre esas cualidades se destaca la capacidad que exhibieron sus líderes para adaptar el movimiento pentecostal a los grandes cambios sociales y culturales que les tocó vivir. Nunca se anclaron a leyendas, historias y menos a personas, para definir su identidad. Todo lo que se hacía era siempre “…para la gloria de Dios”. Al momento de enfrentar dificultades simplemente se cantaba “Cristo es nuestro Jefe”. Si las fuerzas flaqueaban o el fervor se debilitaba, todo se reanudaba al cantar “Oh manda otro pentecostés”.

Las innovaciones en la música, la construcción de los templos o las formas de administración, con la creación de departamentos que fueran capaces de satisfacer las necesidades emergentes de la congregación, revelan un dinamismo formidable en aquel metodismo pentecostal de los primeros Obispos. Nada era estático, tradicional o pasivo en los períodos de apogeo del pentecostalismo chileno.

Sin embargo hoy, el viejo fantasma de las comunidades que se fosilizan, parece habérsenos aparecido a los metodistas pentecostales. Su nombre: Tradición.

Hemos deificado a ciertos líderes. Hemos recitado y repetido sus historias, como si fueran palabra de Dios. Los mismos que en antaño cuestionábamos el culto a María y a los santos o la beatificación de personas en las filas del catolicismo romano, hoy parece que hacemos lo mismo con algunos de nuestros ya difuntos líderes, o con otros que aún viven. Y como si esto fuera poco, los mismos que criticábamos al catolicismo por denominar a su comunidad la “Santa Madre Iglesia”, hoy estamos sacralizando templos, olvidando que nuestros padres pentecostales se enronquecieron gritándole a sus contemporáneos que el Señor no habita en templos hechos por manos humanas, sino en un corazón contrito y humillado.

¿Qué nos pasó? Al parecer hemos dejado que la Tradición reemplace a la Revelación. Algo parecido a la Edad Media, cuando la Biblia estaba encadenada a la Tradición y la gente no tenía acceso a la fresca Palabra de Dios. Estamos como en los tiempos de Oseas, cuando el pueblo de Dios se desmoronaba porque no tenía conocimiento de la Palabra de Dios. Hasta oímos hoy a hermanos nuestros usar peyorativamente la expresión “…ése es muy bíblico”, para criticar a aquellos que usan la Palabra de Dios como fundamento para su argumentación.  Estamos viviendo tiempos muy peligrosos, en los que el éxito ministerial se mide por las grandes aglomeraciones, por una abultada chequera o por la cantidad de personajes de renombre con los que me relaciono.

No olvidemos que la principal obra de Martín Lutero no fue proclamar las 95 Tesis en Witemberg, sino traducir el Nuevo Testamento al alemán para que la gente pudiera conocer la Palabra de Dios en su idioma. Con esto, se derrumbaba la religión tradicional, con sus mitos, bulas y venta de indulgencias y se daba paso a la fe protestante que señalaba: Sola Fe, Sola Gracia, Sola Biblia.

Amados hermanos, los de una y los de otra visión, lo que nos va a unir es nuestro amor por Cristo y su Palabra. No nuestra música, nuestra vestimenta o nuestro vocabulario religioso. La unidad de la Iglesia es diversa, tolerante y llena de amor. Debemos ser radicales contra el pecado, pero misericordiosos con el pecador que se arrepiente, confiesa y exhibe frutos de arrepentimiento.

Que el Señor nos ayude a redescubrir nuestra biblia, la perfecta, infalible e inerrable Palabra Revelada por Dios, para que ella vuelva a ser la que nuestra única guía de fe y conducta.

 

 

Share and Enjoy:
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Mixx
  • Google Bookmarks