Riesgos de la inmadurez espiritual

Probablemente uno de los programas televisivos mexicanos más exitosos durante varios años, ha sido “El Chavo del 8”. Una comunidad de vecinos que vive graciosas experiencias cotidianas, producidas por las intervenciones de unos particulares niños que viven en la vecindad. Lo que hace tan graciosos los diálogos es que estos “niños”, en realidad son adultos comportándose como infantes. Evidentemente esto es gracioso cuando se presenta como una comedia. Pero cuando los adultos, en la vida real, se comportan como niños, entonces se termina el humor y comienza la tragedia.

 

Cuando el autor de la Epístola a los Hebreos desafía a sus lectores originales con la frase: “…vamos adelante a la perfección…” (He. 6:1), lo que hace es motivarles a madurar. Ese es el significado de la palabra griega “teleiotés” que se traduce como “perfección” (en la Biblia Reina Valera 1960).

 

¿En qué sentido estos cristianos hebreos estaban comportándose como niños?

 

En primer lugar adquirieron una actitud perezosa en cuanto a la Palabra de Dios. “…os habéis hecho tardos para oír” (He. 5:11) El autor estaba por comenzar a enseñarles asuntos profundos acerca del Sacerdocio celestial de Jesucristo, pero como algunos de sus lectores habían dejado de ser diligentes en cuanto a prestar atención a la doctrina, se hicieron perezosos. Esta flojera en cuanto a la Palabra de Dios se convierte en un obstáculo para aprender verdades doctrinales más profundas acerca del Señor.

 

En segundo lugar, la inmadurez de los destinatarios era tal, que sus necesidades de formación doctrinal retrocedieron al nivel de recién convertidos. “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios…” (He. 5:12a) Cabe destacar que estos hermanos no eran “nuevos creyentes”, sino personas que llevaban tiempo en el cristianismo. Lo que el autor les señala es que después de tanto tiempo, ya debieran estar dedicados a enseñar las doctrinas básicas (primeros rudimentos) a los recién convertidos. No obstante, su pereza en cuanto a prestar atención a la doctrina más profunda, les llevó a retroceder en su madurez, al nivel de que ellos mismos tenían necesidad de “leche” (doctrinas básicas para recién convertidos) y no de “alimento sólido” (doctrina más contundente, para creyentes maduros)

 

En tercer lugar, la inmadurez de los lectores originales de esta epístola les impedía ser capaces de discernir entre el bien y el mal. “pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (He. 5:14). Un creyente que deja de crecer, corre el riesgo de evidenciar carnalidad en su vida, debido a que su ignorancia doctrinal le incapacitará para discernir entre lo que está bien y lo que está mal.

 

Estos riesgos deben corregirse mediante la adecuada relación de la persona con la Palabra de Dios:

 

  1. El Inconverso necesita el evangelio (Marcos 16:15)
  2. El recién convertido necesita doctrinas básicas (He. 5:13-14)
  3. El cristiano maduro necesita profundizar en las doctrinas (He. 6:1-2)

 

Cuando les predicamos a los inconversos tratando de convencerles de que se porten bien o que no practiquen los pecados en los que viven “por naturaleza”, generalmente recibimos respuestas negativas y rechazo. Esto es obvio, porque están “muertos espiritualmente” (Col 2:13). Si tratamos de “adoctrinar” a un inconverso, nos sentiremos frustrados porque “… el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). Esta es la razón del por qué las autoridades inconversas, los legisladores inconversos, los movimientos sociales liderados por inconversos, los profesores inconversos que educan a nuestros hijos, etc., no nos entienden. Todos ellos necesitan primero “El Evangelio” (Hechos 5:42). Y una vez que acepten a nuestro Señor Jesucristo como su Señor y Salvador, serán regenerados y el Espíritu Santo les iluminará, para comprender la Santa Palabra de Dios.

 

Una vez que se produce el nuevo nacimiento, lo primero que hay que hacer con un “Recién Convertido” es darle “leche” (es decir, doctrinas bíblicas fundamentales). Después de la conversión de los tres mil en Hechos 2:41, el versículo siguiente dice: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles…” (Hechos 2:42). Lamentablemente, muchas veces al discipular a los recién convertidos en algunas congregaciones se dejan de lado las doctrinas fundamentales y se privilegia la enseñanza de otras cuestiones importantes, pero secundarias para un adecuado proceso de madurez. Vemos a diario personas que en sus primeros meses o años de recién convertido, se les enseña una determinada manera de vestirse, cantar con un determinado estilo, formas de practicar ritos y ceremonias, etc., pero nada de doctrina bíblica. Incluso, a veces llegan a los institutos bíblicos hermanos que ni siquiera conocer los métodos básicos de estudio bíblico y sin embargo, esperan obtener títulos como especialistas en disciplinas teológicas. Es imprescindible que esto cambie. Que el liderazgo de las iglesias respete el modelo de formación establecido en la Palabra de Dios y capacite a los recién convertidos en las doctrinas fundamentales de nuestra fe, para evitar así la inmadurez que genera tantos problemas.

 

Cuando la carencia de formación doctrinal se acentúa en los creyentes, a través de la pereza para aprender la Palabra de Dios, la inmadurez espiritual se instala en ellos, haciéndoles retroceder a la condición de “niños”, con el consecuente riesgo de caer en la carnalidad. El apóstol Pablo grafica esto claramente cuando les explica a los creyentes corintios cuál es la razón del por qué no puede comunicarles un mensaje más profundo: “… no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo.  Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1ª Corintios 3:1-3)

 

La carnalidad derivada de la inmadurez espiritual explica no solo el por qué de las divisiones en Corinto, sino también de sus celos, contiendas, desavenencias, etc. Actitudes propias de personas que ignoran el sentido del liderazgo bíblico, el amor fraternal, la paz cristiana, el amor como vínculo perfecto, la resolución pacífica de conflictos y tantas otras verdades enseñadas por la Palabra del Señor.

 

A veces vemos en esta comunidad corintia un reflejo de congregaciones actuales, que viven en pleitos, pero que en vez de crecer en la doctrina bíblica, viven añorando un pasado idealizado, con un obsesivo culto a la nostalgia. Parecen adultos, añorando la cuna que los arrulló y las atenciones que otros les dieron en su primera infancia. Pues como bebés, se sienten el centro de la atención. Da la impresión que creen que todos los que les rodean están para atenderles, para hacerles sentir bien y cumplirles sus caprichos. En el culto ideal de los inmaduros se debe cantar la música que a ellos les gusta, los demás deben usar la ropa que a ellos les parece la correcta, el predicador debe exponer su mensaje en la forma que ellos aprueban, etc. El argumento clásico con el que justifican etas actitudes no está referido a algún principio bíblico, sino a un simple y nostálgico: “Es que así se hacía antes”; clara alusión a sus tiempos de “recién convertidos”.

 

Evidentemente que las célebres frases, “volver a las sendas antiguas” o “volver al primer amor” sacadas de contexto, y que algunos usan para justificar su inmadurez espiritual, vulneran el sentido original del texto bíblico.

 

Volver a las sendas antiguas, no es volver a una “religión vieja”. El Comentario Bíblico Mundo Hispano, Tomo 11, aclara el significado del pasaje de Jeremías 6:16 al señalar:

 

“Es muy importante notar que la Biblia menciona a menudo que la verdadera religión es un camino de obediencia. El Señor Jesús lo dijo con claridad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Los discípulos decidieron seguirle, no importando el precio (comp. Juan 6:66–69). Pero mucho antes de esto Jeremías pidió a la gente que reconociera que estaban caminando en el camino a la destrucción, tenían que detenerse y preguntar por el camino de las sendas antiguas, tenían que averiguar cuál era el buen camino, el camino comprobado por la experiencia con el Señor. Si ellos anduvieran por él podrían hallar descanso para la vida espiritual (comp. Mat. 11:29).

Este camino podría ser el camino desde Sinaí; la torah, la enseñanza de Moisés, toda la instrucción religiosa y ética que había guiado al pueblo desde su comienzo. Esto no era volver a la “religión vieja” sino a la fe radical, peligrosa, que abandona la comodidad y la facilidad por obedecer a Dios en todos los aspectos de la vida. Es un tema que Jeremías toca en 7:22, 23 y 11:1–13. Pero Judá rechazó ese camino en aquel día fatal, diciendo: “¡No andaremos en él!” (v. 16c)”

 

Por su parte, para entender el significado de “volver al primer amor”, extraído de Apocalipsis 2:4, debemos comprender que Jesús llama a los efesios a volver a hacer las “primeras obras” (Apocalipsis 2:5). Mucho tiempo atrás, a través de su epístola, Pablo escribió del amor de los efesios “para con todos los santos” (Efesios 1:15) y oró para que continuaran “arraigados y cimentados en amor” (Efesios 3:17). Al parecer esto se había dejado de lado. No habían dejado de hacer buenas obras, pero las hacían sin el primer amor. Y lo que se hace sin amor, no tiene valor para Dios (1ª Corintios 13)

 

Por lo tanto, ambas frases: “volver a las sendas antiguas” y “volver al primer amor” en ningún caso deben considerarse como una justificación para retroceder o para mantenerse nostálgicamente en la condición de “recién convertidos”. Por el contrario, el autor de Hebreos llama fervorosamente a sus lectores y a nosotros a dejar de actuar como recién convertidos que necesitan las enseñanzas básicas, los rudimentos de la doctrina de Cristo, sino más bien, ir hacia delante, es decir, madurar: “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección…” (Hebreos 6:1a)

 

Obviamente, la intención de esta breve reflexión no es que nos convirtamos en “detectores de inmaduros” para ir despiadadamente apuntando con el dedo cada vez que encontremos una paja de inmadurez en el ojo de nuestro prójimo. El propósito es que nos esforcemos cada uno de nosotros por corregir nuestras niñerías y que maduremos, teniendo como meta a nuestro Señor Jesucristo, como Pablo lo enseña a los Corintios.

 

11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo14para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, 15sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 16de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

Efesios 4:11-16

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