¡EN EL NOMBRE DE JESÚS!
Proclamar el nombre de Jesús en la Biblia es de suma importancia. Desde su uso más elemental para identificar al Señor Jesús —mediante expresiones como «Jesús de Nazaret» o «Jesús Nazareno» (Mr. 10:47; Hch. 2:22)— hasta su empleo como expresión de autoridad espiritual y declaración de su supremacía universal, el nombre de Jesús ocupa un lugar central en la fe cristiana.
El nombre de Jesús constituye tanto la base como el contenido fundamental de la proclamación cristiana. Los apóstoles anunciaron a los gentiles el arrepentimiento, el perdón de pecados y la salvación en su nombre (Lc. 24:46–47; Hch. 10:43; Hch. 4:12). Así, el nombre de Jesús no se presenta simplemente como una referencia personal, sino como la revelación de quién es Él y de la obra redentora que realizó en favor de la humanidad.(1)
Esta proclamación opera en varios niveles simultáneamente. En primer lugar, por medio del nombre de Jesús se reciben la remisión de los pecados, la salvación y la vida eterna. El Señor mismo declaró que todo aquel que cree en Él tiene vida eterna (Jn. 3:16; Jn. 20:31), mientras que los apóstoles enseñaron que el perdón de los pecados se obtiene por la fe en su nombre (Hch. 10:43; 1 Jn. 2:12). Asimismo, Pedro afirmó ante el concilio judío: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hch. 4:12).
Los evangelios y el libro de Hechos muestran también que los demonios fueron expulsados y los enfermos sanados en el nombre de Jesús (Mr. 16:17; Lc. 10:17; Hch. 3:6, 16; Hch. 16:18). Esto demuestra que invocar su nombre no constituye una mera fórmula verbal, sino que representa la autoridad y la presencia activa de Cristo resucitado entre su pueblo.(1) Sin embargo, el Nuevo Testamento deja claro que el nombre de Jesús no opera mágicamente; su eficacia está ligada a la fe genuina y a la obediencia a Dios (Mr. 9:38–39; Hch. 3:16; Hch. 19:13–17).(1)
En segundo lugar, proclamar el nombre de Jesús implica una profunda confesión de fe. Creer en su nombre conduce a reconocer públicamente quién es Él (Jn. 1:12; Ro. 10:9–10). Esta confesión va acompañada de compromiso, fidelidad y, en ocasiones, sufrimiento. Los discípulos se gozaban de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa de su nombre (Hch. 5:41), mientras que Pablo fue llamado a sufrir por Él (Hch. 9:15–16). De esta manera, proclamar el nombre de Jesús no consiste únicamente en mencionarlo, sino en identificarse con Él y perseverar en su causa aun en medio de la oposición.(1)
Finalmente, proclamar el nombre de Jesús implica reconocer su naturaleza divina y su autoridad universal. Después de su exaltación, Dios le otorgó el nombre que es sobre todo nombre, «para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor» (Fil. 2:9–11). El Nuevo Testamento atribuye a Jesús títulos, funciones y prerrogativas que en el Antiguo Testamento pertenecen exclusivamente a Jehová. Por ejemplo, Joel 2:32 es aplicado a Cristo en Romanos 10:13, e Isaías 45:23 encuentra su cumplimiento en Filipenses 2:10–11. Tales aplicaciones muestran que los escritores apostólicos identificaron a Jesús con la esfera de la divinidad, sin confundirlo con el Padre ni negar la distinción personal entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Mt. 28:19; Jn. 14:16–17; 2 Co. 13:14).(4)
Por consiguiente, proclamar el nombre de Jesús es anunciar su persona, su obra salvadora, su autoridad sobre toda potestad y su señorío universal. Es reconocer que en Él hay salvación, poder, vida eterna y esperanza para todos aquellos que creen.
Bibliografía consultada
(1) Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, y Geoffrey W. Bromiley, en Compendio del diccionario teológico del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2002), 682.
(2) Jack Cottrell, En su camino, trad. David Chicaguala G. (Joplin, MO: Literature and Teaching Ministries, 1995), 23.
(3) V. Gilbert Beers, Un viaje a través de la Biblia, ed. Mafalda E. Novella, trad. Adriana Powell y Omar Cabral (Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, 2010), 195.
(4) Wilton M. Nelson y Juan Rojas Mayo, en Nelson nuevo diccionario ilustrado de la Biblia (Nashville: Editorial Caribe, 1998).
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