JESÚS SE COMPADECE DE NOSOTROS

JESUS SE COMPADECE DE NOSOTROS

Hebreos 4:15

Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado.

La compasión es la respuesta conmovedora del amor a la pena sentida o a alguna calamidad amenazante en la vida de otra persona. Nuestro Señor Jesucristo, como nuestro Sumosacersote, se compadece de sus discípulos y los mira con amor (Mt. 15:32; 20:34; Mr. 8:2; 9:22; Lc. 7:13; 10:33)

Sin embargo, en la capacidad del Señor de compadecerse de nuestra condición de sufrimiento, tentación o prueba, también se incluye su empatía por nosotros. El Señor se puso literalmente en nuestro lugar. Vivió aquello que nosotros vivimos y por eso nos comprende mejor que nadie.

Desde su nacimiento, cuando todas las puertas se cerraron, excepto un mísero pesebre, Jesús sintió oposición, rechazo e indiferencia a sus mensajes. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

Experimentó la carencia de las necesidades más elementales ya que  “…no tenía dónde reclinar su cabeza…” (Lucas 9:58)

Enfrentó las maquinaciones del mismísimo diablo, para tentarle (Mateo 4:1; 16:1; 19:3; 22:18; 22:35).

Largas, caminatas, travesías en barco, jornadas de trabajo extenuantes, acoso por parte de sus adversarios, dureza de corazón y falta de fe en sus seguidores, abultan una lista interminable de situaciones cotidianas que le añadían tensión al Salvador.

No rehuyó ninguna de las punzantes experiencias humanas que le convirtieron en un “varón de dolores” (Isaías 53:3)

Lloró a su amigo Lázaro ante su tumba (Juan 11:35), también derramó lágrimas por Jerusalén (Lucas 19:41) y en Getsemaní, durante su momento más difícil, sus más cercanos no fueron capaces de acompañarle ni siquiera una hora  (Lucas 22:44).

Incluso llegó un momento en el que “… todos lo abandonaron y huyeron” (Marcos 14:50)

Por eso, cuando sientas absoluta soledad, desamparo o dolor. O cuando estés enfrentado una tentación demasiado opresora. O cuando tu débil fe parezca desmoronarse ante una prueba arrolladora, no digas que nadie te entiende. No creas que estás solo. Hay alguien que nunca te ha dejado, sigue ahí a tu lado. Y te dice: estoy contigo, te entiendo, ya pasé por eso y salí victorioso. Toma mi mano y déjame ayudarte a superarlo. 

¿Aceptarás la ayuda de Jesús?

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